SE CUMPLEN 40 AÑOS DE LA NOCHE EN QUE EL PUEBLO DE ARMERO, TOLIMA, COLOMBIA, DEJÓ DE EXISTIR COMO LO CONOCÍAMOS.
Armero, un próspero municipio del norte del Tolima, fue sepultado bajo toneladas de lodo y escombros tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz, el 13 de noviembre de 1985.
Casi 25.000 personas perdieron la vida en una de las tragedias naturales más devastadoras de América Latina, dejando una herida que aún late en la memoria del país.
Treinta y nueve segundos bastaron para que el 13 de noviembre de 1985 Armero desapareciera del mapa.
Cuatro décadas después, las voces que sobrevivieron al lodo siguen buscando un lugar en la memoria.
la advertencia científica ignorada, los niños desaparecidos tras sobrevivir, los documentos extraviados sobre la corrupción en las ayudas y las heridas todavía sangran en los campos del Tolima.
Era la noche del 13 de noviembre de 1985 cuando el Nevado del Ruiz, tras varios meses de actividad volcánica y múltiples advertencias científicas, liberó una violenta erupción que alcanzó una columna de más de 30 kilómetros de altura. La combinación del calor extremo con el hielo glaciar provocó una avalancha de lodo, rocas y ceniza que descendió por los ríos Lagunilla y Gualí a más de 60 kilómetros por hora. En cuestión de minutos, Armero, una ciudad agrícola y comercial con más de 29.000 habitantes, desapareció bajo un flujo de lodo de hasta 40 metros de espesor.
El desastre, que duró apenas unas horas, cobró la vida de cerca del 85% de la población del municipio. Las alertas habían sido emitidas días antes, pero las decisiones tardías y la desconfianza hacia los informes técnicos impidieron el desalojo. Esa mezcla de incertidumbre, desinformación y fatalismo hizo que la tragedia fuera aún más dolorosa.
Tras la avalancha, Colombia y el mundo entero reaccionaron con una ola de solidaridad. Cientos de rescatistas nacionales e internacionales, periodistas, médicos y voluntarios llegaron a la zona en busca de sobrevivientes. Naciones Unidas, la Cruz Roja, el Vaticano, Estados Unidos, Japón y países latinoamericanos enviaron ayuda humanitaria, alimentos, ropa y maquinaria pesada para remover los escombros.
En medio del caos, el país entero quedó conmovido por la historia de Omayra Sánchez, una niña de 13 años atrapada entre los restos de su casa, cuya imagen recorrió el planeta y se convirtió en símbolo de la tragedia y del abandono institucional.
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